Lights On

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Capítulo 3

Alma

Apenas salimos del bar, el teléfono me empieza a vibrar. No le suelto la mano mientras lo pesco de la cartera.

Yo: Me voy a caminar con Máximo (el chico del ascensor).

Lis: Usá el departamento, no vamos a estar por un par de horas.

Sabrina: Y si querés cambiar el pasaje de avión y pasar un verano en Buenos Aires, te vamos a visitar.

Aprieto los labios para no reírme y guardo el teléfono en la cartera, rápido.

Es pasada la medianoche y en Palermo no aflojaron ni el calor ni la movida nocturna. Caminamos despacio, en el mismo silencio que tuvimos en el ascensor. Miro nuestras manos entrelazadas y de golpe me acuerdo. El tatuaje asoma por la manga arremangada.

—¿Puedo ver tu tatuaje? —pregunto, y él baja la cabeza para mirarme. Me había olvidado de lo alto que era mientras estábamos sentados en los bancos de la barra.

—¿Cuál? ¿Este? —Se sube un poco más la manga y por fin veo el origen de todo ese amarillo: Bart, Lisa y Maggie, de Los Simpson.

—¿Tiene algún significado o nomás te gustan Los Simpson? —Lo toco con la mano libre; su piel está más caliente que la noche.

Se le inclina la comisura de la boca.

—Bueno, sí, me gustan Los Simpson. Pero tengo dos hermanas, así que los tres—Marilina, Milena y yo—nos hicimos el mismo tatuaje. Lo eligieron ellas porque siempre terminamos hablando con frases de Los Simpson.

—Qué lindo, ¿así que son unidos?

—Sí, crecí rodeado de mujeres. Mi viejo nos dejó cuando Milena, la más chica, tenía dos años. Nunca lo volví a ver.

—Lo siento. Yo también perdí a mi papá. Tenía dieciocho.

Máximo deja de caminar. No dice nada por un segundo, lo cual de algún modo es más acertado que cualquier cosa que pudiera haber dicho. Después me atrae hacia él; no como abrazás a una cita, sino como sostenés a alguien mientras se acuerda, firme y presente.

Me besa la coronilla y hunde la cara en mi pelo.

—Está bien. Estoy bien. —Inclino la cabeza para mirarlo, y me besa. Su beso es suave, me toma las mejillas con las manos mientras yo me aprieto contra él. Su perfume me pega de nuevo, igual que cuando nos besamos en el bar. Parece que tengo una debilidad tremenda por los hombres que huelen increíble, que son sensibles y que me abrazan como si la nevada mortal de El Eternauta pudiera caer sobre Buenos Aires en cualquier momento y ellos felices de quedar en cuarentena conmigo. Antes de que se corte el beso lo respiro una vez más. Todavía me sostiene las mejillas y me mira cuando abro los ojos.

Le tomo la mano y seguimos caminando. Quiero quedarme un rato más en la versión liviana de esta noche, esa en la que podemos ser dos personas que se acaban de conocer.

—¿Y qué música te gusta?

—Bandas argentinas, más que nada —dice—. Babasónicos, El Kuelgue, Las Pelotas. No me da vergüenza decir que el Máximo de trece años se compró un buzo de Babasónicos que sigue en rotación ahora que tengo treinta y seis.

—¿Te das cuenta de que acabás de nombrar la mitad de los headliners del Cosquín Rock del mes que viene, no?

—¿A vos también te gustan esas bandas? Tengo entradas para el Cosquín Rock.

Levanto una ceja y me río. No es una coincidencia tan rara, porque el Cosquín Rock es un festival grande.

—Obvio que me gustan. Y sí, voy. Mi mamá tiene una casa en Cosquín. Odia que la use para festivales de rock y no para el folklore.

No dice nada. Caminamos media cuadra antes de que vuelva a hablar.

—¿Capaz nos podemos encontrar ahí?

—Puedo ser tu sherpa —le sonrío—. Ya que Cosquín está al pie de las Sierras Chicas.

—Es una cita, entonces. —Me suelta la mano y me pasa el brazo por los hombros; yo le paso el mío por la cintura y caminamos así.

La conversación entre nosotros se siente natural, cómoda, cálida. Me siento relajada, casi que por primera vez en días.

—¿Sabés? Mi noche arrancó con algo inesperado. Tendría que haber adivinado que no iba a quedar ahí no más —inclino la cabeza para mirarlo.

—¿Inesperado cómo?

—Bueno, tuvimos que dar un rodeo después del congreso. Había un cura DJ tocando en algún lugar del centro y cerraron media ciudad por eso. Y después te conocí en el ascensor. Y después de nuevo en el bar. —Me encojo de hombros bajo su brazo—. Vos también fuiste inesperado.

Se ríe, grave, y el pulgar me roza el bretel del vestido.

—¿La verdad? Tiene sentido. Un cura cerrando el centro es lo más Buenos Aires que escuché en toda la semana.

—Un set santificado es bastante alucinante, hay que admitirlo.

—Sí. Solo espero haber caído en alguna categoría superior que una rave católica.

—Totalmente. —dejo que eso quede en el aire un segundo—. Más bienvenido que una rave católica.

El departamento está a solo una cuadra. A los treinta y tres tengo plena conciencia de que la sensación de comodidad con alguien, la conversación fácil, las cosas en común son más raras que cuando éramos más jóvenes. Sé exactamente cuán raro es. Y sé exactamente cuántas horas me quedan de esto. Puedo sentir cómo cada una se escurre mientras pasa, empujándome hacia una hora de partida que decidí semanas atrás y que ahora me encantaría des-elegir.

—Máximo, ¿querés subir? —digo cuando llegamos al edificio.

Se para frente a mí y asiente antes de contestar.

—Sí. Me encantaría.

Apoyo el llavero contra el lector, destrabo la puerta de entrada y llamamos al ascensor. El mismo en el que estuvimos hace un par de horas. La diferencia es que esta vez está más cerca, el mentón en mi hombro, los dedos en el bretel del vestido. Cuando se abren las puertas entramos, aprieto el diez y decido que el silencio no es una opción para este viaje.

—Quiero jugar otra versión del juego de las red flags.

Levanta la mirada del bretel del vestido a mis ojos.

—Okay, ¿de qué va la nueva versión?

—Decimos dos cosas que nos gustan en la cama y una que no.

—Oh. —Hace una pausa como si no se lo esperara—. Bueno. ¿Querés empezar vos esta vez?

Me aliso la pollera del vestido pero después le encuentro los ojos. Están cálidos y expectantes. Me derrito un poco. Componete, Alma, después de todo fue idea tuya.

—Me gustan las luces encendidas. Todo el tiempo.

Traga saliva. No me saca los ojos de encima.

—Me gusta mirar. Con las luces encendidas, mirándote, todo.

Se abren las puertas del ascensor y caminamos hasta la puerta del departamento. Mientras abro lo siento detrás de mí, el aliento abanicándome el pelo, su calor en mi espalda. Me río y cierro los ojos. ¿Cómo carajo me voy a olvidar el código de la puerta? Nunca me olvido un código. Marco los números y entramos. Dejo la cartera en una silla y lo llevo hasta el sillón. Nos sentamos muy cerca pero todavía sin tocarnos.

—Bueno, segunda ronda. —Levanto la vista fingiendo que pienso, pero sé mi respuesta. Acá ninguno de los dos es primerizo, pero me gusta el suspenso—. No tengo apuro. No quiero que me apuren.

Inhala con fuerza.

—Dios, Alma. —Mientras todavía se está recuperando, subo las piernas a su regazo y me saco las sandalias. Me dibuja pequeños círculos en las pantorrillas—. Okay. Me gusta usar las manos. Quiero tomarme mi tiempo con las manos.

Dios, si alguien me tirara un fósforo, ardería en cinco segundos.

—Parece que nuestros síes coinciden, ¿no?

Sonríe y me sube a su regazo.

—Lo sé. Es un buen comienzo.

—¿Tercera ronda? ¿Los noes? —Asiente, así que sigo—. No quiero que me digan que soy hermosa de alguna forma preparada. Decime algo verdadero.

Se levanta un poco y pesca el teléfono en el bolsillo del jean. Lo deja sobre la mesa ratona.

—No quiero el teléfono en la habitación.

Si hay algo más caliente que tener toda la atención de alguien, no lo quiero saber. Después de eso, no me quedan más palabras en la cabeza. Le apoyo las palmas en el pecho y me muevo para montarlo a horcajadas; la pollera del vestido se me arruga y sus manos se acomodan en mis muslos. Tiene la boca en mi hombro, besando alrededor del bretel del vestido.

—Siento dónde estaba tu vestido, quedó una marca. ¿Sabés cuántas veces pensé en poner la boca acá esta noche? —Su voz se mueve por mi hombro y sube hasta mi garganta antes de que sus dientes me empiecen a rozar la mandíbula, besando y mordiendo hasta la oreja.

—Decime, ¿desde cuándo? —pregunto, ya adivinando su respuesta pero queriéndola igual. Me agarro de sus hombros mientras me ataca el cuello. Subo las manos hasta su pelo.

—Desde que era un cavernícola ahumado y estábamos en el ascensor. La primera vez.

Gimo y presiono mi pelvis contra él. La tiene tan dura y tan gruesa que las manos se me cierran en su pelo, y por un segundo pierdo la noción de dónde empieza su respiración y dónde termina la mía.

Desliza la palma desde mi cuello, baja por mi esternón y mi estómago. Sin dejar de mirarme. Eso es lo que no dejo de notar. La tiene dura y sigue acá, sigue en esto conmigo, como si no fuera a permitirse desaparecer adentro de esto. Como si la conversación siguiera abierta.

Vuelvo a mover las caderas, más despacio esta vez. Probando.

—¿Qué estabas pensando en el ascensor? La segunda vez.

Se le corta la respiración. Las manos se le tensan en mis muslos pero no se mueven.

—¿Querés la verdad?

—Siempre.

—Estaba pensando que tendría que haberme duchado antes del postre. Estaba pensando que se te había corrido el bretel y no te habías dado cuenta, y que me gustaba que no te dieras cuenta. Estaba pensando… —hace una pausa, la boca contra mi garganta— que fuera cual fuera el piso al que ibas, ojalá yo viviera ahí.

Tengo que dejar de moverme un segundo porque una docena de mariposas se sacrificaron en mi estómago en nombre de los flechazos.

—Pensaste un montón —logro decir.

—Soy de pensar mucho. —Me besa el punto donde late mi pulso—. Corro un montón de opciones.

—Me di cuenta.

—¿Y vos qué estabas pensando?

Vuelvo a mover las caderas porque contestar va a ser más fácil si hago algo con el cuerpo.

—Estaba pensando que olías a alguien que se preocupa por la gente. Y… —sus dientes en mi clavícula me hacen perder la frase un segundo—. Y quería saber qué era tu tatuaje.

Se aparta para mirarme. Tiene los ojos oscuros, la boca enrojecida y sigue presente, mirándome como si yo fuera una persona y no solo la cosa que tiene en el regazo..

—Te quiero en mi habitación —digo.

Me alza como si no pesara nada y me río.

—Decime dónde —dice, y señalo mi cuarto mientras me envuelve las piernas en su cintura y me acerca de un tirón, haciendo que el vestido se me suba.

Cierra la puerta del dormitorio con el pie. La lámpara de la mesa de luz está encendida. No se mueve por un segundo; se queda ahí parado conmigo en brazos y me mira en la luz que pedí. Pienso, de lejos, que nunca nadie me miró exactamente así en una habitación completamente iluminada.

—¿Estás bien? —pregunta, en voz baja.

—Sí —digo—. Bajame.

Lo hace y yo camino hacia atrás. Me sigue y me apoya contra la pared del dormitorio y muevo los labios de su cuello a su cara. Me besa y le tomo la cara entre las manos. La barba incipiente me raspa un poco la palma pero no me importa. Me pasa las palmas por la espalda, lento y suave. Las sensaciones me mandan fuego al cerebro y ya no puedo pensar. Es solo él en todas partes.

—Tu vestido es descubierto en la espalda. Recién me doy cuenta —dice mientras me recorre la columna con los dedos.

Me río y lo tiro del cuello de la camisa para besarlo.

Empiezo a desabrocharle la camisa con una mano, la boca y la mano libre ocupadas con la piel que voy descubriendo. Cuando llego al último botón, le bajo la camisa de los hombros y cae detrás de él. Me tomo mi tiempo para mirarlo. Vello oscuro y fino en el pecho, y otro tatuaje en el hombro izquierdo; un diseño intrincado, triángulos superpuestos. Me acerco, atraída, y lo beso ahí.

—Esto es hermoso —digo.

—Es geometría sagrada. —Encuentra el cierre en mi espalda y lo baja. Me arqueo antes de decidirlo. Me corre los breteles de los hombros y el vestido cae a mis pies. Quedo solo en ropa interior de encaje blanco.

Se queda pasmado.

—Esto te lo dejas puesto por ahora.

Sonrío. No suena como un pedido, y no me molesta que no lo sea.

—Por favor —susurra.

Asiento e inclino la cabeza hasta que nuestros labios se encuentran. Me atrae hacia él y me río contra su boca. Después nos besamos más fuerte, sus manos en mi culo, las mías en su pelo. Su pelo es todo lo que fantaseé en ese viaje en ascensor y más. Es suave y se enrula un poco entre mis dedos. Tropezamos hacia la cama porque ninguno de los dos quiere dejar de besarse. Mi cerebro se calla. Por fin, por fin en silencio.

Mis rodillas tocan la cama primero y él baja conmigo. Se aparta lo suficiente para que me acueste, y quedo en la cama en ropa interior, mirándolo. Está arrodillado entre mis piernas. Saca la billetera del bolsillo de atrás. Saca dos preservativos y los apoya en la mesa de luz, al lado de la lámpara, y después deja la billetera junto a ellos. Lo miro hacerlo: esa pequeña muestra de previsión, tan simple y natural que casi pasa desapercibida. Algo en mi cabeza que todavía estaba midiendo, comparando, evaluando, se apaga. Después se saca el pantalón y se inclina para besarme.

La pequeña pausa es más leña al fuego. Volvemos a besarnos y tocarnos, más fuerte que antes. Tiene la boca en mi cuello, bajando hacia mis pechos.

—Tenés una peca acá. Quiero conocer esta —dice.

—Más te vale…— Lo que iba a decir se interrumpe cuando me pone la mano en el pecho y me atrapa el pezón entre el pulgar y el índice por encima del encaje y aprieta. Gimo y se me sacuden las caderas hacia arriba, restregándome en su pierna. Me presiona la cadera y gime, grave, contra mi clavícula.

—¿Qué? —dice contra mi oreja—. Decime qué necesitás, Alma.

Le saco la mano del pecho y se la aprieto entre mis piernas. Me toca por encima del encaje y apoyo la frente en su hombro, tratando de encontrar las palabras. Le vuelvo a encontrar los ojos. No parpadea.

—Mirame cuando hacés eso—digo.

Tiene las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos.

—¿Así?—dice sin sacarme los ojos de encima.

—Sí. Sí.

—Decime si tengo que…

—No dejes de hablar. Decime qué estás pensando.

—Estoy pensando… Dios. Estoy pensando que quiero acordarme de esto.

La mano se le mete dentro de mi ropa interior y desliza dos dedos por mi sexo, juntando la humedad. La arrastra hacia arriba y me presiona el clítoris. Me muerdo el labio de abajo con la fuerza suficiente para que duela.

—Max… mierda… Max… Max —le suplico.

La mano frota, rueda, empuja. Me acaricia la base del clítoris y presiona. Arriba y abajo. Suave al principio, después más firme. Tenemos los ojos pegados el uno al otro mientras me pierdo en las sensaciones.

La puta madre que aprende rápido. Supongo que testear cosas para ganarte la vida hace que la parte de prueba y error vaya a la velocidad de la luz. Ahora muevo las caderas al ritmo de su mano, desesperada por más.

—Mmm… sí, ahí.

—Decilo de nuevo. Mi nombre, Alma.

—Max —gimoteo, mientras su otra mano se desliza desde mi esternón hasta mi garganta, quedándose ahí, apoyada. Tiene los dedos en mi mentón y ladeo la cabeza para meterme su índice en la boca. Siento cómo se le tensa la muñeca contra mi mandíbula mientras chupo y gimo al mismo tiempo.

Mis ojos siguen en los suyos, desafiándolo a escalar mientras le lamo los dedos y me meto otro en la boca. Su respuesta llega al instante cuando me hunde dos dedos con un giro. Le mordisqueo la punta del dedo del medio y él sisea, después sonríe. Me presiona el clítoris con la base de la mano y bombea los dedos. El sonido que llena la habitación es húmedo, inconfundible.

—Te cambió la respiración, cuando hice eso —dice ronco—. Me encanta mirarte como te lo doy.

Cuando acelera los dedos, lo acompaño con la boca. Me aprieta la pija contra la pierna, restregándose ahí, y amo mirarlo perder la compostura. Ojalá pudiera encontrar las palabras, decirle lo bueno que es esto. Gimo y me saca los dedos de la boca, usando mi saliva para pasarlos por mis pezones por encima del encaje. El cuerpo se me empieza a retorcer y sus labios chocan contra los míos. Siento el placer creciendo hasta que estalla, recorriéndome el cuerpo en olas. Sus labios siguen en mí, tragándose cada sonido que me arranca.

Cuando dejo de moverme, me saca la mano con cuidado y la bombacha vuelve a su lugar. Hasta eso me hace tener un espasmo. Dejamos de besarnos. Estoy jadeando. Abro los ojos y él sigue mirándome.

—Fruncís el ceño cuando acabás, lo sentí en mi frente mientras nos besábamos. Fue hermoso —dice, y me besa la frente.

—Hermosa involuntariamente. Gracias por el cumplido.

Se aparta lo suficiente para mirarme bien. Tiene el pelo revuelto, la boca destruida, y todo eso lo hice yo.

—Decime qué querés —susurra.

—Quiero tu piel. La quiero toda.

Se baja sobre mí, sin despegar la boca de la mía. Encuentro su lengua con la mía. La chupa con suavidad y gimo. La necesidad vuelve a crecer, que no es algo que mi cuerpo suela hacer. Al menos no tan rápido. Esta noche lo hace.

Abro las piernas y meto la mano entre el colchón y mi espalda porque necesito sacarme este corpiño. Necesito sentirlo. Me lo saco y, en el segundo en que siento su piel contra la mía, el calor sobre mis pezones sensibles, exhalo dentro del beso. Lleva su boca a mis pechos y lo miro hacerlo.

—¿Es muy raro si te quiero lamer la línea de la bikini? —dice, y me largo a reír.

—No, no es raro— No pierde ni un segundo y lo hace. Vuelvo a dejar de pensar. Este hombre tiene un don para callarme el cerebro. Meto la mano entre los dos y lo toco por encima de los boxers.