Lights On

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Capítulo 1

Alma

La verdad, sacar conclusiones es mi cardio favorito.

Estoy disfrutando del aire acondicionado a full cuando el chofer dobla hacia un lado que no lleva a ningún lugar que reconozca. Primera conclusión: me está inflando el viaje. Fácil, común, bien. Segunda conclusión, que llega unos cuatro segundos después y con mucha más seguridad: está perdido, no lo va a admitir, y cada minuto que pasa sin admitirlo se come un minuto de un cronograma que armé sin el más mínimo margen.

Tercera conclusión (y quiero que conste que sé que esta es delirante, incluso mientras mi ritmo cardíaco deja clara su postura) es que nos están secuestrando a las tres, y yo voy a ser la que también tenga que ocuparse de eso.

Abro la app para chequear el recorrido, más que nada para tener algo que hacer con el pánico. Tu chofer, Oscar. El autito va hacia un lado que la línea azul no sugería. Esto no ayuda.

Oscar levanta el teléfono y tira un audio, rápido y fastidiado:

—Pati, ¿podés averiguar por qué cerraron todo el centro?

Sabrina, Lis y yo intercambiamos esa mirada específica de tres mujeres recalculando si la noche sobrevive.

La respuesta llega una cuadra después. La lee en un semáforo en rojo. Aprieta el volante, y entonces dice, a nadie, con el asco agotado de un hombre cuya noche fue arruinada por un delegado del mismísimo Dios:

—¿Un cura DJ? ¿Cerraron el microcentro entero por un cura DJ?

Un cura. Un cura DJ. Cerraron todo el centro de Buenos Aires porque en algún lugar cerca de Plaza de Mayo un miembro del clero está, en este preciso momento, tirando un set.

Hice todo ese cardio. El secuestro, el colapso entero de la noche. Lo construí todo, a partir de un giro a la izquierda, en menos de quince segundos, y la respuesta real es un cura con un equipo de sonido. No existe versión de mí, por más preparada que esté, que tenga un plan de contingencia para eso. Es casi relajante.

—Bueno —digo, cuando puedo hablar sin reírme—. La reserva de esta noche sigue en pie.

—Bien. Después de Lis discutiendo con el tipo ese de Rosario en la última mesa redonda, necesito alcohol —se ríe Sabrina.

—Solamente digo, —Lis cruza las piernas— que si escucho las palabras "tejer redes" una vez más, yo también voy a necesitar un trago. Esa frase es tan vaga que siempre me saca.

—La última vez que salimos posta, Sabrina tenía puesta una banda de novia y amenazaba a desconocidos con fernet —digo, acomodándome la cartera en la falda.

—Dios, esa noche tomamos demasiados fernet —dice Sabrina.

—Nunca son demasiados fernet, amiga. ¿Qué clase de cordobesa sos? —digo con una sonrisa.

—Bueno, basta… —interrumpe Lis—. Esta noche festejamos una noche sin hijos, sin maridos y sin pacientes. Solo nosotras, sin nadie pidiéndonos nada.

Sabrina ahoga un grito, saca el teléfono y nos muestra una foto de su hija con el ceño fruncido sobre una hoja.

—¿Les conté que Agustina ya aprendió a escribir su nombre?

Le saco el teléfono de las manos y hago zoom en las letras torcidas de Agustina, sonriendo.

—¡No puedo creer que cumpla cinco en dos semanas!

Lis pone los ojos en blanco.

—Prometan que no va a haber charla de pacientes, maridos ni hijos cuando salgamos esta noche.

—Sabés que es difícil, sobre todo si tomamos cócteles. Me pongo habladora cuando tomo —dice Sabrina.

—Uy, lo sabemos. Tenemos un cartón de bingo preparado para esa ocasión —digo, y se ríen.

Sabrina me fulmina con la mirada.

—¡Un cartón de bingo! Si me usan como apuesta, me llevo la mitad de las ganancias.

—¡Hecho! —decimos Lis y yo a la vez, riéndonos.

De vuelta en el departamento alquilado, voy y me baño. Cuando salgo, me pongo un vestido rosa de breteles finitos, y pedimos algo para cenar: nada del otro mundo, unas ensaladas poke y agua. Prácticas de adulta responsable y eso… comer sano e hidratarse antes de salir de joda.

Cuando el repartidor me escribe que está abajo, salgo y pido el ascensor. Las puertas se abren y ya hay un hombre adentro. Nuestras miradas se cruzan un segundo.

—Hola —dice.

—Hola, ¿cómo estás?

Sonríe, y sé que es por mi acento. No hace ningún comentario.

—Bien, gracias.

Se apoya en la pared del ascensor y le siento encima el olor a humo de leña: el rastro inconfundible de alguien que estuvo en un asado. Yo tampoco hago ningún comentario. Aparentemente hicimos un pequeño acuerdo silencioso de dejar a cada uno seguir con su noche.

Sería de mala educación (y, francamente, un insulto a la comunidad femenina) no mirar. Lo observo con disimulo. La verdad que es bastante lindo. Pelo grueso y oscuro que se enrula un poco en las puntas, barba finita, el borde colorido de un tatuaje en el antebrazo, casi todo tapado por la forma en la que sostiene el teléfono. Estoy un poco perdida en lo fuertes que se le ven los antebrazos cuando las puertas se abren. Sale primero, me sostiene la puerta un segundo con el hombro y encara hacia la entrada.

Para cuando el repartidor me da la bolsa y vuelvo a los ascensores, doy por hecho que hace rato que se fue, al piso que sea al que suben los hombres que huelen a asado.

Pero el ascensor sigue ahí, con el hombro de él trabando la puerta.

—Gracias —digo, y subo.

Sonríe, y se me da vuelta el estómago. Le devuelvo la sonrisa. Aprieta el botón de la terraza; yo aprieto el diez. Subimos en silencio, y no es incómodo, lo cual de algún modo es peor: que note que no es incómodo, que esté catalogando la ausencia de tensión como si significara algo. Cuento los pisos. Pienso en el rulo de pelo justo detrás de su oreja. En el diez se abren las puertas y salgo sin mirar atrás, porque mirar atrás haría de esto un tema, y no es un tema.

No es para nada un tema.

De vuelta en el departamento, comemos nuestras ensaladas poke de adultas responsables, nos hidratamos y empezamos a arreglarnos para ir al bar que nos recomendó una colega. Se llama Victor Audio Bar, a solo cuatro cuadras de donde estamos parando.

Las cuatro cuadras son un error. Son casi las diez y Buenos Aires todavía nos respira encima: ese calor de enero húmedo y plomizo que no afloja después de que se pone el sol, el tipo de calor que me hace extrañar Córdoba y la forma en que el aire se vuelve fino y fresco apenas el sol cae detrás de las sierras. Para cuando llegamos a la puerta, siento el vestido pegado a la espalda y Sabrina putea su pelo sin disimulo.

Entonces alguien abre la puerta desde adentro y el bar nos exhala encima: frío, en penumbra, los graves subiendo por las plantas de mis sandalias, olor a alguna cáscara de cítrico y algo ahumado por debajo. Lis suelta un gracias a Dios bajito. El bar está repleto; nuestra reserva es a las diez.

Encontramos nuestros lugares y pedimos espresso martinis.

Lis mira alrededor.

—Esta luz es obra de Dios. Apruebo. —Toma un sorbo—. Además, pronostico una larga noche de baile.

Sabrina asiente.

—Ojalá los pies me aguanten.

—Pies. Eso es un casillero. Si gano, invito yo —digo, dándole un empujoncito a Sabrina con el hombro.

Levanta una ceja y toma un sorbo larguísimo mientras Lis rompe su propia regla y se pone a contarnos sobre su última salida romántica con el marido.

El DJ cambia a un set más movido. Clásicos house de los 2000, el tipo de canciones que gritan adolescencia: los primeros boliches, salir hasta que amanezca, el delineador puesto en el baño de una amiga. Nos contoneamos en nuestros lugares y cantamos sin ninguna vergüenza.

Escaneo el lugar—mitad por costumbre, mitad porque me gusta mirar a la gente pasarla bien—y ahí es cuando lo veo.

El chico del ascensor. En la otra punta de la barra con un grupo de amigos. Bueno, así que esto está pasando de verdad… aparentemente Buenos Aires es un pañuelo.

Está acá, ya sin la pinta de alguien que pasó la tarde en un asado mirando un partido. Jean oscuro, camisa blanca, las mangas arremangadas. El tatuaje del antebrazo ahora se ve entero y pienso, estúpidamente, que si me acercara lo suficiente quizás por fin descubriría qué es.

Registro que tengo el martini a mitad de camino de la boca y me olvidé de bajarlo.

—¿Qué pasa? —pregunta Lis.

—Me crucé con ese tipo antes, en el ascensor —digo, y por fin tomo un sorbo.

Lis y Sabrina giran a mirar tan rápido que la mesa se tambalea.

—Pero la concha de la lora —siseo—. ¿Qué tienen, doce años?

—Es lindo, Alma —dice Sabrina, con la voz cálida y alentadora que usa con la hija—. Tendrías que ir a hablarle.

—No estamos en una comedia romántica. Además, estábamos festejando.

Lis ladea la cabeza.

—¿En serio vas a pasar tu único fin de semana en Buenos Aires hablándonos de evaluaciones ergonómicas y de qué te vas a poner para el cumpleaños de Agustina?

—No iba a…

—Sí ibas. Te lo veía venir.

Sabrina sigue con la voz suave.

—Hace bastante, ¿no? Desde que vos… ya sabés.

—Desde que yo qué.

—Desde que hiciste algo que no estuviera planeado con tres semanas de anticipación.

Eso me pega más fuerte de lo que quisiera. Tomo otro sorbo para tapar el hecho de que me pegó.

La verdad es que tengo una forma de hacer esto. Tengo una forma de hacer esto desde hace años. Hombre lindo del otro lado del salón, tres tragos encima, contacto visual, inventario cuidadoso de señales de alarma, salida cordial. Tengo treinta y tres y soy muy buena para no hacer papelones. También estoy, últimamente, muy aburrida de mí misma.

Me disculpo para ir al baño, cualquier cosa con tal de que cambien de tema. Para cuando vuelvo, ni siquiera terminé de sentarme y Sabrina ya arranca.

—Sentate en la barra.

—¿Qué?

—Andá a sentarte en la barra, nada más. Pedí algo. Si se acerca en veinte minutos, hablale. Si no, volvés y bailamos y hacemos de cuenta que nada de esto pasó.

—¿Tramaron todo esto en los cuatro minutos que estuve en el baño?

—Tres —dice Lis—. No es un plan tan complicado.

—Vas a estar segura —agrega Sabrina, con la voz de mamá colándose de nuevo—. Te vamos a estar mirando. Nos mandás una palabra y aparecemos.

—¿Qué palabra?

—Elegí una.

—Fernet —dice Lis.

—Obvio que fernet.

Miro hacia el otro lado del salón. Está en la otra punta de la barra con sus amigos, inclinándose para decirle algo a un tipo alto que se ríe demasiado fuerte, la risa de alguien al que están tratando de levantarle el ánimo a propósito. Le chequea la cara al amigo un segundo y después se suma, riéndose con él. Me guardo ese pequeño detalle.

Lis me mira mirarlo.

—Andá ahora —dice, más bajo—. Antes de que te convenzas de no hacerlo.

Tiene razón, estoy a punto de convencerme de no hacerlo. Siento cómo se va armando el guion, todas las razones muy razonables: me voy mañana, yo no hago esto, seguro está con alguien, estoy cansada, me duelen los pies, no sé qué es su tatuaje y probablemente nunca lo sepa y está bien, es un desenlace perfectamente aceptable para un sábado a la noche.

Me muevo antes de que mi cerebro tome el control. Pido otro espresso martini y me siento en la barra.